
Daniel Sánchez Castro
Invertimos millones como si quisiéramos apagar un incendio con brillantina.
Millones en campañas contra las adicciones, la bulimia, la anorexia, la obesidad, el cutting, el bullying, la narcocultura, la ideación suicida… cada síntoma tiene su logo, su mes, su hashtag, su influencer diciendo dos frases memorizadas.
Y aun así, la sangre sigue corriendo.
Porque no estamos atacando el problema:
estamos limpiando el charco mientras ignoramos la herida abierta.
México —y buena parte del mundo— lleva décadas haciendo eso: producir campañas aisladas para síntomas que brotan del mismo lugar, como si cada uno fuera una criatura autónoma que apareció por generación espontánea. El secreto a voces es que todo esto tiene un mismo origen, un hilo conductor que nadie quiere tocar: el abandono emocional de la juventud.
Los adolescentes están sangrando y nosotros seguimos discutiendo de qué color debería ser el moño de la siguiente campaña de prevención.
La bulimia no empezó en Instagram.
Las adicciones no nacieron en un antro.
El cutting no es una moda.
La narcocultura no se instaló sola como una antena de televisión.
El bullying no se resuelve con “ser más amable”.
Y la ideación suicida no desaparece con un taller motivacional de 45 minutos.
Todo eso es la factura acumulada de años sin escuchar, sin acompañar, sin sostener, sin mirar.
De años en que preferimos creer que un adolescente “exagera”, “no sabe lo que quiere”, “ya se le pasará”.
Años de silencio donde se debió hablar, de límites donde hubo abandono, de presencia donde hubo pantallas ocupando el turno.
Y ahora queremos resolverlo con espectaculares, con trípticos, con campañas desarticuladas que pretenden detener un tsunami emocional con un vaso rojo de fiesta.
La verdad es incómoda, pero simple:
si no atacamos la hemorragia emocional, todo lo demás es cosmético.
Es maquillaje sobre fracturas.
Es ambulancia sin médico.
Es curita sobre arteria rota.
El adolescente no necesita una campaña; necesita un adulto que esté allí.
No necesita que le digan “tú puedes”, necesita que alguien pueda con él.
No necesita talleres aislados, necesita redes coherentes, instituciones que hablen entre sí, políticas que de verdad entiendan que la salud emocional no es un extra: es el núcleo del problema.
Lo que estamos viendo hoy no es una crisis repentina.
Es el resultado lógico de décadas de no querer meter el dedo en la llaga social porque duele, porque culpa, porque evidencia que abandonamos a nuestra juventud mientras nos entreteníamos con otras catástrofes más fotogénicas.
Y ahora está sangrando.
No metafóricamente: sangrando.
Así que, si realmente queremos detener esta hemorragia generacional, dejemos de invertir en apagar síntomas y empecemos a invertir donde siempre debimos:
en la salud emocional, en la presencia adulta, en el acompañamiento real, en la construcción de vínculos y en políticas que no solo prevengan, sino que sostengan.
Porque un país que no escucha a sus adolescentes, tarde o temprano los entierra.
Y no hay campaña que pueda maquillar eso.
